miércoles, 25 de marzo de 2020

Libros para rato (5)

Aquí tenéis el libro de hoy. Seguro que habéis visto alguna película basada en su argumento, pero ¿habéis leído esta novela? Ah, y otra cosa: ¿por qué lleva turbante el personaje?

martes, 24 de marzo de 2020

Dudas razonables. Actividad para 1.º y 2.º de ESO

Durante estos días, en los estamos muy pendientes de la información, leemos en la prensa palabras y expresiones dudosas o incorrectas. La tarea que te propongo es la siguiente: lee los textos que he encontrado en distintos medios digitales y responde a las preguntas que se plantean después, redactando un breve texto explicativo. ¿Difícil? No si haces lo mismo que he hecho yo para preparar este ejercicio: entrar en la página de la Fundéu (Fundación del español urgente), una fundación patrocinada por la Agencia Efe y el BBVA y que cuenta con el asesoramiento de la RAE. En el apartado recomendaciones encontrarás todas las respuestas.


1. En una noticia de un medio español se puede leer esto:

«Con una cantidad notable de enfermos y una tasa de mortalidad extremadamente baja, Alemania representa una excepción frente a la epidemia del nuevo coronavirus.

El país había registrado oficialmente 10.999 casos el jueves, y 20 muertos, con lo que la tasa de letalidad en el país se establecía en 0,18%, una cifra muy baja en comparación con el alrededor de 4 por ciento de China o España, 2,9 por ciento en Francia o 8,3 por ciento en Italia.»

¿Es lo mismo decir «tasa de mortalidad» que «tasa de letalidad»?

2. En un blog de enfermería aparece lo siguiente:

«Triage de urgencias médicas: diferencias entre población inmigrante y autóctona en un hospital madrileño» 

¿Cómo se escribe correctamente: «triaje» o «triage». ¿Qué significa esta palabra? ¿De dónde deriva?

3. En la web de una cadena televisiva  se publicó lo siguiente:

«La bebida 'anti-coronavirus' del chef del Bayern de Múnich»

¿Cuál es la forma correcta: «anticoronavirus» o «anti-coronavirus»?

4. En la web de un consorcio hotelero se lee:

«Andalucía comienza el proceso para medicalizar hoteles por el coronavirus»

¿Es correcto el verbo «medicalizar»?

5. En un diario digital:

«Todos en casa: cómo “cuarentenar” con los chicos y no sufrir el aislamiento»

¿Es correcto el verbo «cuarentenar»?

6. En la web de una federación empresarial:

«Aquí puedes consultar todas las noticias que hemos publicado relacionadas con el Estado de Alerta y la Crisis del COVID-19»

¿Hay que escribir «Estado de Alerta» o «estado de alerta»


     7. En varios diarios digitales de información general y económica:

            «La aprobación de los ERTEs queda en manos de la inspección de Trabajo»
«LOS ERTES DEL CORONAVIRUS: La lista de los expedientes de regulación presentados»
«Trabajo dice que el 95% de los ERTE son de fuerza mayor y así se aprobarán»

¿Cuál es la forma correcta?

  8. En diarios digitales:

            «Coronavirus, en directo: el avance de la pandemia y la búsqueda de la vacuna»
«Coronavirus: 10 buenas noticias sobre la epidemia (como que ya hay 8 proyectos de vacuna)»

          ¿Significan lo mismo «pandemia y «epidemia»?

Libros para rato (4)

Este es el libro de hoy. Entre nososotros es conocido, sobre todo, por la versión cinematográfica estrenada en 1939, un clásico del cine musical; algunas de sus canciones son universalmente conocidas, como "Over the Rainbow", que ganó el premio Óscar a la mejor canción original.

lunes, 23 de marzo de 2020

Libros para rato (3)

La obra de hoy es bien fácil de adivinar. Además, si lees el cuento de Rodari de la entrada anterior,  conseguirás información para completar la ficha de este libro. Y no olvides que hay varias versiones cinematográficas de esta novela, algunas muy recientes. Disfrútala.

Lectura para 1.º y 2.º de ESO

                                                             Gianni Rodari
En este año 2020 celebramos el centenario del nacimiento de Gianni Rodari, uno de los nombres imprescindibles de la literatura infantil. Imaginación, agilidad de estilo, humor a veces chocante, se pueden disfrutar en obras como Cuentos por teléfono, Cuentos escritos a máquina o Cuentos para jugar. El cuento "Pinocho el astuto" pertenece a este último. Verás que tiene tres finales. No te extrañes, el propio Rodari lo explicó en una nota introductoria: 

                                                                  Instrucciones para el uso 
Estas historias se publican con la amable autorización de la RAI (Radio-Televisión Italiana). De hecho, fueron escritas para un programa radiofónico que se titulaba precisamente «Cuentos para jugar», que fue emitido en los años 1969-70. Estos mismos cuentos aparecieron después en el Corriere dei piccoli. Cada cuento tiene tres finales, a escoger. En las últimas páginas el autor ha indicado cuál es el final que él prefiere. El lector lee, mira, piensa y si no encuentra un final a su gusto puede inventarlo, escribirlo o dibujarlo por sí mismo. ¡Que os divirtáis!

 Así que esa es la propuesta que te hago. Que leas el cuento con sus tres finales y que luego redactes tu propio final. Porque, no lo olvides, es un "cuento para jugar". 


Pinocho el astuto
Había una vez Pinocho. Pero no el del libro de Pinocho, otro. También era de madera, pero no era lo mismo. No le había hecho Gepeto, se hizo él solo.
También él decía mentiras, como el famoso muñeco, y cada vez que las decía se le alargaba la nariz a ojos vista, pero era otro Pinocho: tanto es así que cuando la nariz le crecía, en vez de asustarse, llorar, pedir ayuda al Hada, etcétera, cogía un cuchillo, o sierra, y se cortaba un buen trozo de nariz. Era de madera ¿no? así que no podía sentir dolor.
Y como decía muchas mentiras y aún más, en poco tiempo se encontró con la casa llena de pedazos de madera.
—Qué bien —dijo—, con toda esta madera vieja me hago muebles, me los hago y ahorro el gasto del carpintero.
Hábil desde luego lo era. Trabajando se hizo la cama, la mesa, el armario, las sillas, los estantes para los libros, un banco. Cuando estaba haciendo un soporte para colocar encima la televisión se quedó sin madera.
—Ya sé —dijo—, tengo que decir una mentira.
Corrió afuera y buscó a su hombre, venía trotando por la acera, un hombrecillo del campo, de esos que siempre llegan con retraso a coger el tren.
—Buenos días. ¿Sabe que tiene usted mucha suerte?
—¿Yo? ¿Por qué?
¡¿Todavía no se ha enterado?! Ha ganado, cien millones a la lotería, lo ha dicho la radio hace cinco minutos.
—¡No es posible!
—¡Cómo que no es posible...! Perdone ¿usted cómo se llama?
—Roberto Bislunghi.
—¿Lo ve? La radio ha dado su nombre, Roberto Bislunghi. ¿Y en qué trabaja?
—Vendo embutidos, cuadernos y bombillas en San Giorgio de Arriba.
—Entonces no cabe duda: es usted el ganador. Cien millones. Le felicito efusivamente...
—Gracias, gracias...
El señor Bislunghi no sabía si creérselo o no creérselo, pero estaba emocionadísimo y tuvo que entrar a un bar a beber un vaso de agua. Sólo después de haber bebido se acordó de que nunca había comprado billetes de lotería, así que tenía que tratarse de una equivocación. Pero ya Pinocho había vuelto a casa contento. La mentira le había alargado la nariz en la medida justa para hacer la última pata del soporte. Serró, clavó, cepilló ¡y terminado! Un soporte así, de comprarlo y pagarlo, habría costado sus buenas veinte mil liras. Un buen ahorro.
Cuando terminó de arreglar la casa, decidió dedicarse al comercio.
—Venderé madera y me haré rico.
Y, en efecto, era tan rápido para decir mentiras que en poco tiempo era dueño de un gran almacén con cien obreros trabajando y doce contables haciendo las cuentas. Se compró cuatro automóviles y dos autovías. Los autovías no le servían para ir de paseo sino para transportar la madera. La enviaba incluso al extranjero, a Francia y a Burlandia.
Y mentira va y mentira viene, la nariz no se cansaba de crecer. Pinocho, cada vez se hacía más rico. En su almacén ya trabajaban tres mil quinientos obreros y cuatrocientos veinte contables haciendo las cuentas.
Pero a fuerza de decir mentiras se le agotaba la fantasía, Para encontrar una nueva tenía que irse por ahí a escuchar las mentiras de los demás y copiarlas: las de los grandes y las de los chicos. Pero eran mentiras de poca monta y sólo hacían crecer la nariz unos cuantos centímetros de cada vez.
Entonces Pinocho se decidió a contratar a un «sugeridor» por un tanto al mes. El «sugeridor» pasaba ocho horas al día en su oficina pensando mentiras y escribiéndolas en hojas que luego entregaba al jefe:
—Diga que usted ha construido la cúpula de San Pedro.
—Diga que la ciudad de Forlimpopoli tiene ruedas y puede pasearse por el campo.
—Diga que ha ido al Polo Norte, ha hecho un agujero y ha salido en el Polo Sur.
El «sugeridor» ganaba bastante dinero, pero por la noche, a fuerza de inventar mentiras, le daba dolor de cabeza.
—Diga que el Monte Blanco es su tío.
—Que los elefantes no duermen ni tumbados ni de pie, sino apoyados sobre la trompa.
—Que el río Po está cansado de lanzarse al Adriático y quiere arrojarse al Océano Indico.
Pinocho, ahora que era rico y super rico, ya no se serraba solo la nariz: se lo hacían dos obreros especializados, con guantes blancos y con una sierra de oro. El patrón pagaba dos veces a estos obreros: una por el trabajo que hacían y otra para que no dijeran nada. De vez en cuando, cuando la jornada había sido especialmente fructífera, también les invitaba a un vaso de agua mineral.
Primer final
Pinocho cada día enriquecía más. Pero no creáis que era avaro. Por ejemplo, al «sugeridor» le hacía algunos regalitos: una pastilla de menta, una barrita de regaliz, un sello del Senegal...
En el pueblo se sentían muy orgullosos de él. Querían hacerle alcalde a toda costa, pero Pinocho no aceptó porque no le apetecía asumir una responsabilidad tan grande.
—Pero puede usted hacer mucho por el pueblo —le decían.
—Lo haré, lo haré lo mismo. Regalaré un hospicio a condición de que lleve mi nombre. Regalaré un banquito para los jardines públicos, para que puedan sentarse los trabajadores viejos cuando están cansados.
—¡Viva Pinocho! ¡Viva Pinocho!
Estaban tan contentos que decidieron hacerle un monumento. Y se lo hicieron, de mármol, en la plaza mayor. Representaba a un Pinocho de tres metros de alto dando una moneda a un huerfanito de noventa y cinco centímetros de altura. La banda tocaba. Incluso hubo fuegos artificiales. Fue una fiesta memorable.
Segundo final
Pinocho se enriquecía más cada día, y cuanto más se enriquecía más avaro se hacía. El «sugeridor», que se cansaba inventando nuevas mentiras, hacía algún tiempo que le pedía un aumento de sueldo. Pero él siempre encontraba una excusa para negárselo:
—Usted en seguida habla de aumentos, claro. Pero ayer me ha colado una mentira de tres al cuarto; la nariz sólo se me ha alargado doce milímetros. Y doce milímetros de madera no dan ni para un mondadientes.
—Tengo familia —decía el «sugeridor»—, ha subido el precio de las patatas.
—Pero ha bajado el precio de los bollos, ¿por qué no compra bollos en vez de patatas?
La cosa terminó en que el «sugeridor» empezó a odiar a su patrón. Y con el odio nació en él un deseo de venganza.
—Vas a saber quién soy —farfullaba entre dientes, mientras garabateaba de mala gana las cuartillas cotidianas.
Y así fue como, casi sin darse cuenta, escribió en una de esas hojas: «EI autor de las aventuras de Pinocho es Carlo Collodi».
La cuartilla terminó entre las de las mentiras. Pinocho, que en su vida había leído un libro, pensó que era una mentira más y la registró en la cabeza para soltarsela al primero que llegara.
Así fue como por primera vez en su vida, y por pura ignorancia, dijo la verdad. Y nada más decirla, toda la leña producida por sus mentiras se convirtió en polvo y serrín y todas sus riquezas se volatizaron como si se las hubiera llevado el viento, y Pinocho se encontró pobre, en su vieja casa sin muebles, sin ni siquiera un pañuelo para enjugarse las lágrimas.
Tercer final
Pinocho se enriquecía más cada día y sin duda se habría convertido en el hombre más rico del mundo si no hubiera sido porque cayó por allí un hombrecillo que se las sabía todas; no sólo eso, se las sabía todas y sabía que todas las riquezas de Pinocho se habrían desvanecido como el humo el día en que se viera obligado a decir la verdad.
—Señor Pinocho, esto y lo otro: ponga cuidado en no decir nunca la más mínima verdad, ni por equivocación, si no se acabó lo que se daba. ¿Comprendido? Bien, bien. A propósito, ¿es suyo aquel chalet?
—No —dijo Pinocho de mala gana para evitar decir la verdad.
—Estupendo, entonces me lo quedo yo.
Con ese sistema el hombrecillo se quedó los automóviles, los autovías, el televisor, la sierra de oro. Pinocho estaba cada vez más rabioso pero antes se habría dejado cortar la lengua que decir la verdad.
—A propósito —dijo por último el hombrecillo— ¿es suya la nariz?
Pinocho estalló:
—¡Claro que es mía! ¡Y usted no podrá quitármela! ¡La nariz es mía y ay del que la toque!
—Eso es verdad —sonrió el hombrecito.
Y en ese momento toda la madera de Pinocho se convirtió en serrín, sus riquezas se transformaron en polvo, llegó un vendaval que se llevó todo, incluso al hombrecillo misterioso, y Pinocho se quedó solo y pobre, sin ni siquiera un caramelo para la tos que llevarse a la boca. 


PRIMER FINAL
Pinocho cada día enriquecía más. Pero no creáis que era avaro. Por ejemplo, al «sugeridor» le hacía algunos regalitos: una pastilla de menta, una barrita de regaliz, un sello del Senegal... En el pueblo se sentían muy orgullosos de él. Querían hacerle alcalde a toda costa, pero Pinocho no aceptó porque no le apetecía asumir una responsabilidad tan grande. —Pero puede usted hacer mucho por el pueblo —le decían. —Lo haré, lo haré lo mismo. Regalaré un hospicio a condición de que lleve mi nombre. Regalaré un banquito para los jardines públicos, para que puedan sentarse los trabajadores viejos cuando están cansados. —¡Viva Pinocho! ¡Viva Pinocho! Estaban tan contentos que decidieron hacerle un monumento. Y se lo hicieron, de mármol, en la plaza mayor. Representaba a un Pinocho de tres metros de alto dando una moneda a un huerfanito de noventa y cinco centímetros de altura. La banda tocaba. Incluso hubo fuegos artificiales. Fue una fiesta memorable.
SEGUNDO FINAL
Pinocho se enriquecía más cada día, y cuanto más se enriquecía más avaro se hacía. El «sugeridor», que se cansaba inventando nuevas mentiras, hacía algún tiempo que le pedía un aumento de sueldo. Pero él siempre encontraba una excusa para negárselo: —Usted en seguida habla de aumentos, claro. Pero ayer me ha inventado una mentira de cuarta; la nariz sólo se me ha alargado doce milímetros. Y doce milímetros de madera no dan ni para un escarbadientes. —Tengo familia —decía el «sugeridor»—, ha subido el precio de las papas. —Pero ha bajado el precio de los bollos, ¿por qué no compra bollos en vez de papas? La cosa terminó en que el «sugeridor» empezó a odiar a su patrón. Y con el odio nació en él un deseo de venganza. —Vas a saber quién soy —farfullaba entre dientes, mientras garabateaba de mala gana las cuartillas cotidianas. Y así fue como, casi sin darse cuenta, escribió en una de esas hojas: «El autor de las aventuras de Pinocho es Carlo Collodi».
La cuartilla terminó entre las de las mentiras. Pinocho, que en su vida había leído un libro, pensó que era una mentira más y la registró en la cabeza para soltársela al primero que llegara. Así fue cómo por primera vez en su vida, y por pura ignorancia, dijo la verdad. Y nada más decirla, toda la leña producida por sus mentiras se convirtió en polvo y serrín y todas sus riquezas se volatizaron como si se las hubiera llevado el viento, y Pinocho se encontró pobre, en su vieja casa sin muebles, sin ni siquiera un pañuelo para enjugarse las lágrimas.
TERCER FINAL
Pinocho se enriquecía más cada día y sin duda se habría convertido en el hombre más rico del mundo si no hubiera sido porque cayó por allí un hombrecillo que se las sabía todas; no sólo eso, se las sabía todas y sabía que todas las riquezas de Pinocho se habrían desvanecido como el humo el día en que se viera obligado a decir la verdad. —Señor Pinocho, esto y lo otro: ponga cuidado en no decir nunca la más mínima verdad, ni por equivocación, si no se acabó lo que se daba. ¿Comprendido? Bien, bien. A propósito, ¿es suyo aquel chalet? —No —dijo Pinocho de mala gana para evitar decir la verdad. —Estupendo, entonces me lo quedo yo. Con ese sistema el hombrecillo se quedó los automóviles, los autovías, el televisor, la sierra de oro. Pinocho estaba cada vez más rabioso pero antes se habría dejado cortar la lengua que decir la verdad. —A propósito —dijo por último el hombrecillo— ¿es suya la nariz? Pinocho estalló: —¡Claro que es mía! ¡Y usted no podrá quitármela! ¡La nariz es mía y ay del que la toque! —Eso es verdad —sonrió el hombrecito. Y en ese momento toda la madera de Pinocho se convirtió en serrín, sus riquezas se transformaron en polvo, llegó un vendaval que se llevó todo, incluso al hombrecillo misterioso, y Pinocho se quedó solo y pobre, sin ni siquiera un caramelo para la tos que llevarse a la boca.